La religiosa británica Sarah Mullally fue entronizada como primada de la Iglesia anglicana en la Catedral de Canterbury, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar este cargo.
La ceremonia destacó el carácter universal de la comunión anglicana, en un contexto marcado por desafíos como el secularismo y tensiones internas que amenazan con una posible división.
El evento transformó la ciudad de Canterbury, considerada la cuna del cristianismo en el país, donde en el siglo VI comenzó la predicación de San Agustín de Canterbury.
A pesar de la relevancia histórica del momento y la presencia de los príncipes de Gales, Príncipe Guillermo y Catalina, princesa de Gales, la ceremonia no generó gran cobertura mediática en el Reino Unido.
Durante el acto, Mullally, de 63 años, recibió el báculo arzobispal en una liturgia solemne, cargada de simbolismo y tradición. La nueva líder espiritual expresó su emoción en un momento considerado histórico tanto para la Iglesia anglicana como para el papel de la mujer dentro de la institución.
La ceremonia contó con la participación de representantes de diversas religiones, incluyendo comunidades cristianas, judías, musulmanas e hindúes, reflejando el carácter ecuménico del evento. Sin embargo, llamó la atención que todos los invitados de otras confesiones fueran hombres.
Este nombramiento también pone de relieve el creciente protagonismo de las mujeres dentro de la Iglesia anglicana, especialmente en los últimos años, tras la introducción del sacerdocio femenino. En poco más de una década, las mujeres han asumido roles cada vez más relevantes dentro de la jerarquía eclesiástica.